26.7.11

La zona sucia (2011) - Nacho Vegas


Es cuanto menos curioso que Nacho Vegas haya elegido el día de los enamorados para lanzar el que, sin duda, es uno de sus discos más amargos. No lo demuestra así su carácter acústico, que hacen de él un trabajo brillante y limpio; pero sí sus letras, que siguen siendo -en la línea a la que el asturiano nos tiene acostumbrados- fundamentalmente tristes y desgarradoras. A pesar de no renunciar al metaforismo del que siempre hace gala, Vegas ha compuesto para este álbum una colección de letras más directas, más simples y -probablemente- más sinceras que las incluidas en su anterior trabajo, El manifiesto desastre (2008). En éste ya se anunciaba un cambio de registro que derivaba la trayectoria de Nacho hacia su vertiente más acústica con respecto a sus primeros trabajos, mucho más oscuros, eléctricos y paradójicamente más sucios que su reciente La zona sucia (2011). Tal vez, los que nos enamoramos precisamente del Vegas más enigmático y oscuro echemos en falta en este disco algún tema que revele que esta faceta del cantautor astur no ha quedado enterrada en el olvido; pero a pesar de todo, no podemos dejar de reconocer en La zona sucia un disco maduro y elaborado, lo cual no siempre -como en este caso queda demostrado- ha de ser sinónimo de complicado.


La zona sucia se abre con un tema que anuncia descaradamente la corriente que va a seguir la globalidad del disco. Con una guitarra acústica interpretando unos limpios y simples acordes y una voz magistralmente modulada, Cuando te canses de mí recuerda en temática y estilo a uno de los mejores Nachos: el que nos topamos en Dry Martini S.A., tema incluido en su anterior trabajo. Vegas es capaz de pasearse una vez más con total solvencia por la delgada línea que separa el amor y la necesidad del odio y el despecho, tratando estos temas tan puramente humanos y carnales en clave metafórica y consiguiendo ese cariz elegante y carismático que le caracteriza. Este tema da paso a La gran broma final, probablemente la canción más Vegas de todo el álbum. Con una apelación directa a una mujer, recurso que ya había utilizado con anterioridad en trabajos como Que te vaya bien, Miss Carrusel de su disco Canciones inexplicables (2007), plantea una gran metáfora que recorre todo el tema y que desentraña el final de un amor que nunca dejó de ser una estafa. A pesar de ser una canción totalmente consonante, limpia y fresca, comienza a percibirse una complejidad instrumental de la que carecía Cuando te canses de mí.


En Incendios el asturiano recupera su voz más triste y oscura. Sin embargo, la pone al servicio de un arreglo demasiado melódico, de unas rimas demasiado fáciles, de un idealismo probablemente innecesario y de un estilo excesivamente cursi hasta para hacer referencia al tema del sexo. Una letra que dice más bien poco y un estribillo insultantemente simple acaban de caracterizar el que, probablemente, sea el tema más flojo del disco. Vegas recupera un poco de crudeza en Reloj sin manecillas, canción que contrapone del modo más drástico y visceral que se conoce el miedo y el optimismo. En ella se percibe un arreglo mucho más logrado, con cierto grado de complejidad rítmica. Carece de las rimas fáciles e innecesarias que poblaban el tema anterior sin perder lo más interesante que éste nos ofrecía: el carisma que la voz de Nacho había adquirido en Incendios se mantiene, haciendo de este tema algo más que una simple canción bipolar para los más nostálgicos.


En el aspecto vocal, el álbum alcanza indudablemente su clímax en Taberneros. La voz de Nacho en este tema se convierte en el amargo y sensual susurro al que nos tenía acostumbrados en piezas como Ocho y medio, incluida en su trabajo Desaparezca aquí (2005). Su carácter acústico, que enfatiza esa voz cargada de una infinita tristeza -y belleza-, ayuda del mismo modo a resaltar el pesimismo y la sinceridad que siempre han ido de la mano de las relaciones personales en las letras de Vegas. Si en algún lugar patina el conjunto de la pieza es en los coros utilizados en el estribillo, que resultan un tanto estridentes con respecto a la sutilidad que impregna el resto de la canción. Sin embargo, los coros infantiles de Perplejidad suponen un acierto bastante mayor que los de su predecesora. En este tema, en el que la música y la letra parecen dos universos independientes, el mayor interés radica en el maravilloso arreglo instrumental, en unas arritmias estratégicamente colocadas y en el toque de elegancia que aportan las teclas de Abraham Boba.


Hemos de esperar al séptimo corte del disco para toparnos de bruces con Nacho Vegas en estado puro. En La comedia humana la nostalgia y la soledad vuelven a aparecer como temas centrales, aunque dotados de un cariz un tanto más optimista de lo que venía sucediendo en los anteriores trabajos del asturiano. El mejor adjetivo para describir este tema es probablemente el término “épico”: una letra más metafísica que metafórica, un entrelazado de teclas y cuerdas verdaderamente hermoso y una tensión in crescendo que se mantiene hasta su último suspiro harán las delicias de los seguidores más fieles de Vegas.


Sin embargo, es en Lo que comen las brujas donde Nacho roza lo sublime con los dedos. Una letra disfrazada de infantilismo que de infantil no tiene nada encubre toda la sensibilidad que sólo un crío puede mostrar. El asturiano da rienda suelta al niño que fue y lo canaliza a la perfección a través de una letra aparentemente simple pero llena de sutilezas, unos coros infantiles de una dulzura descomunal y una melodía pegadiza a la par que elegante, que sin hacer ruido es capaz de colarse hasta el último rincón de tu inconsciente.


Los dos temas que cierran este La zona sucia son los más oscuros del álbum. No sabemos si Nacho tiene intención de darles una linea de continuidad en algún próximo trabajo, pero son, desde luego, dos piezas que rompen con la aparente armonía estructural del resto del trabajo. En Cosas que no hay que contar, con una voz seductora y persuasiva, hace toda una declaración de principios irrevocable que podría resumir lo que Vegas lleva tantos años transmitiendo a través de sus canciones. El carácter eléctrico y distorsionado que le imprime en sus últimos compases le confiere un interés especial dentro del contexto del álbum. Y en lugar de dejar a los amantes de sus temas más tenebrosos con la miel en los labios, Nacho remata la jugada con un tema que roza lo siniestro. El mercado de Sonora nos ofrece un final sorprendente para un disco bastante homogéneo en cuanto a su composición, dándole un giro complicado y sin duda personal. Este tema lleva el sello de Nacho Vegas en cada compás: una letra con múltiples interpretaciones y un sonido disonante y complejo ponen el punto y final a un álbum que se adivina maduro y reposado.


En estos nuevos diez temas se respiran ecos de una de sus canciones más emblemáticas, especialmente en el terreno instrumental: los arreglos y las voces , así como los coros infantiles y femeninos, nos trasladan automáticamente a El hombre que casi conoció a Michi Panero, de su disco Canciones inexplicables. El álbum hereda de este tema, además del carácter acústico y los ya citados arreglos y coros, la claridad y supremacía de la voz de Nacho. Una voz que tanto en formato acústico como en eléctrico, en un álbum de estudio como en directo, en temas oscuros como brillantes, consigue susurrar cada palabra que dice -y las que no dice también- directamente al alma -si es que la tiene- de todo aquel que le escucha. Y es que para hacer tratos con la desgarradora sensualidad de la voz de Nacho Vegas, ningún intermediario es bien recibido.